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domingo, 22 de abril de 2012

#LegendaryMoments

Siguiendo con el trend de los hashtags, que ya me pareció divertido, el otro día me puse a pensar que la vida está llena de momentos que vale la pena recordar y, un poco inspirada por una de las “catch phrases” de Barney Stinson de How I Met Your Mother, dije: por qué no intentar resumir esos momentos en #LegendaryMoments.

1. Año 2007, regresas de la universidad en el micro con un amigo que vive por tu casa y bajan, felices y contentos de volver a las 3 de la tarde a su casa un día de casi verano. De la nada te dice: creo que dejé mi celular en el micro. Y respondes: no me bromees. Y te das cuenta que no bromea cuando de la nada sale corriendo de tu lado intentando alcanzar al micro que ya avanzó como 2 cuadras y (felizmente) se ha quedado parado en una luz roja. Luego de 2 minutos ves a tu amigo corriendo de vuelta a ti con, no solo su celular, sino también con tu folder con separatas universitarias. #epicfail por haberlo dejado sin darte cuenta. #epicwin por recuperarlo por una casualidad del destino.

2. Más o menos por la misma época. El mismo micro, pero ahora ubicado en Miraflores. El mismo amigo, sólo que ahora él se va solo a casa. Tú y dos amigas lo acompañan en el paradero mientras el micro pasa. El micro pasa, el micro no piensa parar y lo abandonará. Él no se resigna y empieza a avanzar detrás del micro. El micro no para, él tampoco, sigue corriendo y sigue al micro desde Pardo, alrededor del Óvalo de Miraflores y sigue corriendo (por la pista) hasta Petit Thouars. Dicho sea de paso, en el camino iba gritándole cosas al micro que bien podrían resumirse en: #bitchplease micro, que te juras. Y, al fin, luego de varias cuadras, al final llegó a subirse… #win :)

3. Año 2010. Vas a la mitad de tu carrera y te encuentras con un profesor más vago que todos los alumnos de su clase juntos. Falta a clase cuando le da la gana y cuando va, no explica nada. La segunda mitad del ciclo deja “trabajos” con los temas que él debería haber explicado para que los alumnos den las clases por él y el curso en un desastre. Llega el final y te vas por 06. Sacas 07. Pasas el curso con 10.6 #likeaboss

4. Un día cualquiera. Te despiertas medio enfermo o con la flojera de la vida y piensas que sería una buena idea no ir a clase ese día. Sigues durmiendo y de la nada recibes mensajes (dado que no contestas el teléfono) que dicen que no hubo clase. Sonríes y sigues durmiendo. #epicwin, la próxima no tendrás tanta suerte.

5. Te vas de viaje con un presupuesto ajustado al interior del país. El primer día te invitan almuerzo, te invitan el trago y te ponen la juerga. El segundo día te olvidas de tu poco presupuesto y de la nada, te das cuenta de que te has quedado un poco pobre y si quieres hacer el tour a Tingo María, tendrás que ahorrar un poco en comida. Dicho y hecho, ese día no desayunas, y tampoco almuerzas. Tu única comida del día es un combinado de carnes (buenísimo por cierto) hecho por una señora en la cima de una montaña donde hay una laguna. Al día siguiente encuentras un menú de S/.2.50 que no podría ser más rico (#MadeinPeru for the win) y de regreso a Lima bajas del bus con S/.5 en el bolsillo para el taxi de regreso a casa. #Survivor :)

6. Ir de viaje, ahora al extranjero y al regreso perder el vuelo por culpa del clima. Estás en uno de los aeropuertos más grandes de todo el mundo, con una cartera y arrastrando un maletín más grande que tú y sin poder usar los teléfonos del aeropuerto para llamar a Lima. Felizmente existe algo que se llama iPhone. Lamentablemente el wifi tenía clave y costaba. Felizmente en una columna podías captar una señal intermitente y logras conectarte a whatsapp y decirle a tus papás que estás varada en Atlanta y no sabes a dónde irás. Lamentablemente la señal se iba y tenías que moverte como tarada intentando encontrarla de nuevo #sonsitamodeon. Luego de varias horas, tienes el número de un primo que vive en la ciudad, pero sigues sin poder usar los teléfonos del aeropuerto. Usas Twitter y te enteras que tu primo está yendo a buscarte, pero no sabes dónde estará. Apelas a la buena voluntad del señor de informaciones y te dice que no puedes usar el teléfono del counter porque el número de celular no es local. Pones cara de #epicfail y desamparo total y el señor se apiada de ti y te presta su celular #win. Te recogen, te llevan a comer pollo, tienes un sofá donde dormir y techo por una noche. Bendita sea la tecnología.

7. Competencia de atletismo. Postas 4x100. No has entrenado en todo el año y tus compañeras de posta están igual o peor que tú. Eres el último relevo y junto a ti correrá la chica que ha ganado todas las medallas en pruebas de fondo y velocidad. En resumen, para tu equipo, “lo importante es competir” #siclaro. Suena el disparo inicial y la carrera va igualada entre tu equipo y el del equipo “fuerte”. En el segundo relevo la distancia crece un poco y en el tercero un poco más. La barra de tu equipo empieza a perder un poco de esperanzas y simplemente animan para que queden segundas y no pierdan. En una prueba como 100 metros, cada segundo es importante y cuando el tercer relevo le entrega mal la posta a la chica que iba a rematar y el testimonio (es decir, el palito que se entrega en las postas) se cae al suelo y la chica se voltea, se agacha e intenta recogerlo, a ti te entregan el testimonio y sales corriendo mismo cohete impulsado por frejoles en lo que parece que es la carrera de tu vida. Ganar una posta así nunca había sido tan emocionante.

Definitivamente 7 es un número que queda corto para resumir todos los #LegendaryMoments que pueda haber vivido a lo largo de mi vida, pero creo que para un primer compendio es suficiente. Vendrán más… legen… wait for it… dary moments :) #BarneyStinsonStyle


domingo, 15 de abril de 2012

Relato de una desperate house-no-wife

La semana pasada mis papás salieron de viaje y yo hubiera tenido una semana totalmente forever alone de no ser porque mi prima vino a quedarse conmigo. En teoría, se supone que ella “me cuidaría”, que no haga sonseras, que no me caiga innecesariamente o que no queme mi casa, imagino.

Antes de que ella llegara, un lunes por la noche, yo había regresado de la chamba y tenía hambre. Decidí que me haría un pan con huevo frito y a la hora de intentar prender las hornillas, lo que esperas que no suceda cuando te quedas solo, sucedió: se había acabado el gas.

Afortunadamente, había un balón de gas adicional para cambiarlo y pude prender las hornillas. Luego, recordé que el calentador de agua de mi casa era a gas también y debía volver a prenderlo si quería ducharme con agua caliente. Eso no pude hacer. Por dos razones que descubrí en mi primer intento: era muy pequeña para llegar al hueco donde tenía que meter el fósforo y tenía solo 3 fósforos que la verdad no quería ver gastarse por mis inútiles intentos de llegar al hueco.

En fin, mi prima llegó un rato después con los fósforos adicionales que le pedí y entre las dos prendimos el calentador a la primera. Problema resuelto.

Dije más arriba que mi prima me cuidaría, en teoría. Resulta que al final yo terminé siendo algo así como la madre de familia, o, como me autonominé: una desperate house-no-wife (porque era una ama de casa desesperada, pero sin ser esposa). Ella trabaja a 2 cuadras de mi casa, por lo que cuando yo salía para mi chamba, ella aún seguía durmiendo. Todas las mañanas le dejaba su jugo de naranja (recién exprimido, obvio) y la lonchera en la refrigeradora.

Igual la convivencia fue bacán. Cada una por su lado, conversábamos de rato en rato y para mí, fue una muestra de cómo sería tener una hermana. El resto de la semana transcurrió con normalidad. Mi tía nos invitó un día a cenar a su casa y el resto comíamos comida previamente preparada y congelada por mi mamá, almacenada en múltiples tapers en la congeladora.

El sábado, el último día de pseudo-soledad, mi prima se fue temprano y yo decidí que sería una buena idea ir a Wong a comprar naranjas y pan para el desayuno del día siguiente. A la hora de subirme al carro, otra cosa que esperas que no suceda cuando te quedas solo, sucedió: el carro no prendía.

A pesar de mis cortos-casi nulos conocimientos de mecánica, presentía que el problema era de la batería, pero la verdad no tenía idea de cómo solucionarlo. Luego de hacer llamadas con la esperanza de que me den una solución, decidí ir al grifo de la esquina de mi casa, donde el supervisor y un cliente me dieron la idea (obvia, que no se me había ocurrido), de llamar al seguro para que me den corriente.

Llamé a Mapfre, y vino una grúa enorme y escandalosa con un señor amable que me explicaba lo que estaba haciendo con los cables y, en menos de 30 minutos, el carro prendía de nuevo. Algo rescatable es que felizmente me di cuenta de la situación a las 5 de la tarde y no a las 11pm, cuando tenía que ir al aeropuerto a recoger a mis papás.

Llegando casi al final del día y el relato, no podía terminar sin tener otra situación graciosa por contar. A la hora de llegar al aeropuerto, sabía que tenía que acercarme bastante a la maquinita que da el ticket de estacionamiento y me acerqué bastante. Y, de nuevo mi pequeño tamaño me jugó en contra, ya que, por más que estirara el brazo, no iba a llegar, por lo que tuve que quitarme el cinturón y sacar medio cuerpo por la ventana para apretar el botón. Y volver a hacerlo para retirar el ticket de la ranura. Mientras, tenía una fila de carros detrás mío observando toda la situación y yo, entre roche y ataque de risa, seguía avanzando pensando en que, a pesar de todo, fue una semana bastante divertida.


jueves, 5 de abril de 2012

Divagaciones vol. LXXVII “Es que eres piña”

Es muy conocida esa Ley de Murphy que dice que “no importa la fila en la que te pongas, esa fila siempre será la más lenta”, o algo así… Algo que me pasó hoy me hizo recordar un conjunto de acontecimientos que pasaron hace varios años, creo que 1999, cuando fui de viaje con mis papás a Venezuela.

Resulta que en ese viaje, esa Ley de Murphy se aplicó a la máxima potencia en todos los aspectos imaginables. Todo empezó en el aeropuerto de Lima, cuando, al hacer el check in (luego de hacer la siempre interminable cola), nos tocó la señorita más lenta que podría existir en los counters de la aerolínea (que no recuerdo cuál era, la verdad). Preguntaba todo, se demoraba el doble, revisaba todo, le daba mil vueltas a todo, se iba, regresaba, y a nuestro lado ya habían pasado como 2 o 3 personas con su boarding pass y todo listo.

Al llegar al país de destino, hicimos la cola para pasar migraciones. La cola no avanzaba. Nada. Decidimos cambiar a la del costado, que estaba avanzando. Y obviamente, la anterior empezó a moverse y nosotros seguíamos en la misma posición. En esta ocasión decidimos quedarnos en la misma cola hasta que empezamos a avanzar y cuando ya iba a ser nuestro turno, al hombre de migraciones se le ocurrió que era su hora de almuerzo y dejó toda una fila desamparada hasta que llegó su reemplazo de cambio de turno.

Durante el viaje creo recordar que pasaron un par de cosas más de ese estilo, ya sea en un restaurante o en alguna tienda, pero el colmo fue al volver a Lima. En esa época no habían “mangas” en los aeropuertos. Es decir, bajabas del avión por la escalera y tenías que:


a) Caminar hacia la puerta y entrar al aeropuerto si estabas cerca
b) Esperar un bus que te lleve a la puerta del aeropuerto si el avión estaba más lejos.


En este viaje fue el segundo escenario y, obviamente, la puerta por la que estábamos (la de atrás) fue desatendida por el bus. Es decir, todos los buses iban a la puerta delantera y nos dejaban olvidados, hasta que por fin empezaron a apiadarse de nosotros y paraban en esa puerta también y luego de unos cuantos turnos logramos subir.

La conclusión de ese viaje fue, como mi mamá le dijo a mi papá: “es que eres piña”. Y resulta que a él normalmente le pasan esas cosas en las filas o lugares donde hay que esperar. Y eso nos trae al día de hoy, año 2012, tiempo presente, que fui a Makro con mis papás a hacer compras monumentales (bueno, no, pero compramos varias cosas grandes xD) y más nos demoramos en la caja que eligiendo lo que íbamos a comprar.

Nos tocó la caja con el chico más lento de todos. Definitivamente era nuevo, ya que cada vez que marcaba un producto se fijaba en la pantalla que fuera el producto adecuado y hacía las cosas tomándose el doble de tiempo que los demás (vi a las personas de otras cajas irse con sus compras a pesar de que tenían más artículos que nosotros). Para terminar, al parecer no sabía usar el sistema para pagos con tarjeta de crédito porque tuvo que llamar a la supervisora para que arregle algo que había salido mal.

En fin, eso que pasó hoy me hizo recordar al viaje en que realmente la ley de Murphy estuvo en todo su esplendor. Al parecer, el ser piña nunca se quita, a pesar de que pasen los años.
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